“ A ratitos” con VENANCIO BLANCO
Venancio Blanco1 es quizá uno de los escultores españoles más longevos y prolijos que
ha dado la escultura Contemporánea en nuestro país. A sus noventa y un años de edad,
sigue acudiendo a su taller de Madrid. Y allí, “a ratitos”, como él dice a sus compañeros
o amigos que le conocen bien, inicia las tareas de modelado o restauración de sus obras,
con un cariño esmerado. A veces se pasa horas meditando sobre ellas, dibujando
bocetos sobre algo que no ha quedado bien, que disgusta su exigente criterio estético,
que le preocupa y le obliga a reflexionar sobre su acabado. Es un hombre tenaz, de una
particular destreza, conocedor de su oficio, que ama cada una de sus piezas como si
fueran sus propios hijos. Por suerte pude conocerlo y visitar su taller, invitado por la
profesora de pintura Macarena Ruiz y un grupo de alumnos de la Facultad de Bellas
Artes de Madrid. Y allí, con una cordial simpatía nos recibió a todos. Nos hablo de su
pasión por la música, por la novena de Beethoven, por sus monumentales crecendos y
descrecendos, por sus sobrecogedores silencios. Pronto me di cuenta de cómo toda su
obra estaba impregnada de esos apasionados momentos, de esos apagados silencios que
transmitían la expresión de sus obras, de los ritmos y tonos fundidos de planos
cortantes, con actitudes cargadas de tragedia, de vientres huecos y vacíos, inacabados,
de sutil abstracción, de gestos sobrios y equilibrados, abiertamente expresionistas, con
el movimiento a modo de ser abstraído como una procesión de pasos de costaleros2 en
“Semana Santa”3, que con genial maestría componen el estilo de sus piezas.
" Las esculturas de Venancio Blanco se estructuran plano a plano, serie a serie, tanda a
tanda, como los muletazos de una faena tan perfecta como incompleta.”2
Aprecie entonces su exquisita sensibilidad, su lucidez como hombre al pie de
su oficio, sosegado e inquieto, sin que se pudiera apreciar en él desfallecimiento alguno.
Hablo durante más de dos horas con nosotros, bromeando sobre su persona, con una
humildad exquisita, con una sencillez abrumadora, pero que en el fondo rezumaba una
profunda sabiduría, un conocimiento profundo de la vida, una preocupación por todo lo
que le rodeaba, por las formas, por la memoria, los recuerdos, por la ausencia del
pasado que perturba la armonía del presente. Nos mostró el jardín de su taller y nos
hablo poéticamente de como las ramas de los árboles crecían afanosamente buscando la
luz, componiendo con sus tallos sugerentes formas y como todo eso inspiraba su obra,
animaba su curiosidad con ojitos de niño, su vocación incesante por aprender de la
naturaleza, por obedecer sus comportamientos. Nos abrió una puerta donde tenía su
particular museo, con algunas estanterías donde guardaba hacinadas entre polvo parte de
sus piezas, generalmente de carácter religioso y taurino, Temas todos muy enraizados
con la cultura española, quijotes, toreros, cristos, toros, casi todas en bronce, unas más
grandes, otras más pequeñas, pero con la pasión como telón de fondo. Destapando
después, un Cristo de madera que tenia cubierto con una lona, de conmovedora belleza,
con el rostro compungido de dolor, los pies levantados sin tocar el suelo, en un
complicado equilibrio de semblanza y levitación. No pude evitar pasar la mano por el
brillante barniz policromado de su pecho, sentir las vetas de madera pulida,
armoniosamente encajadas deslizándose suavemente entre mis dedos. Nos explico que
aquella obra había sido un encargo fallido, que no prospero y que por suerte, ahora,
resumía su compañía. Nos despedimos del maestro con el grato recuerdo de haberlo
conocido, tratado al menos por ese breve momento que tan generosamente “a ratitos”
nos hizo disfrutar en su taller, alimentando nuestro precario conocimiento con su
dilatada sabiduría. Algo que sin duda, agradecimos y que nunca olvidaremos.
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